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El último espectáculo

Emilia Fernández Coto
12 abr
4 min de lectura

Voy a contaros la historia de mi abuela rusa Masha, que fue la primera persona en

regalarme un libro. Y supo contarme muchas historias, las más extraordinarias basadas

en su familia. Aunque, a día de hoy, todavía no sé qué había de cierto en ellas.

Un día a mediados del mes de julio de 1940 mi abuela, que vivía con su padre y su tío

mientras su madre trabajaba en la ciudad de Minsk, se levantó de la cama después de un

sueño premonitorio que la había dejado temblando y con lágrimas en los ojos. Se

preparó el desayuno y con apenas doce años decidió llevar luto por su madre hasta el fin

de sus días y ya no se lo quitó jamás. Svetlana, su madre, hija de un mandatario del

antiguo régimen, desapareció justo la mañana que su hija tuvo el sueño y nadie pudo

averiguar nunca qué pasó realmente. Masha, que tenía la certeza de que ya no vería más

a su madre, decidió inventar la causa de su muerte ante sus compañeros de clase.

Cambiaba su historia y su final según quien le preguntara.

- ¿Es verdad que a tu madre la ha secuestrado un jeque árabe y se la ha llevado en

camello?

- ¿De verdad ha venido un grupo de esquimales y han cogido a tu madre porque es la

única del mundo en hablar el idioma de las focas?

- ¿Se han llevado a tu madre los de la GESTAPO por ser una espía rusa?

Ella conseguía llenar la imaginación de todos los que la rodeaban. Y así se convirtió en

una magnífica contadora de historias.

Cuando yo era pequeño, un día en el que yo estaba leyendo un libro sobre un circo, mi

abuela me preguntó si yo sabía la historia del circo de los hermanos Petrov. Le contesté

que no fascinado porque sabía que iba a ser una de mis historias favoritas. La llamó El

último espectáculo.

“Era la última función del Circo de los hermanos Petrov en la ciudad de Minsk. El

último día de mayo, cuando empezasen a doblar las telas de las carpas y apagasen las

letras doradas indicando la entrada, los niños tendrían que volver a la escuela y sus

padres a trabajar, puesto que el comisario general Wilhem Kube dio tres días

libres para que ningún ciudadano se perdiese la llegada del increíble circo. Para ese

día anunciaron un espectáculo especial. Svetlana, mi madre, entró y se sentó junto a un

grupo de muchachos que sonreían y se abrazaban por haber tenido la suerte que

encontrar entradas. Algunas madres agarraban fuerte a sus hijos por miedo a perderlos

entre tanto bullicio y ella, que tuvo que marcharse de su pueblo natal para ir a trabajar

dejando a sus padres y a su hija, sentía cierta nostalgia ya que se encontraba sola.

Cuando entraron los últimos asistentes los payasos empezaron a actuar. Los

espectadores gritaban de emoción y reían llenos de entusiasmo, sobre todo cuando los

hermanos Pretov sacaron a los monos, tigres y leopardos venidos de la lejana África

para ofrecer un espectáculo difícil de olvidar. Pasadas más de dos horas de diversión el

presentador anunció la actuación del fabuloso mago Pretorius. Cuando salió a escena

los asistentes prestaron mucha atención porque sabían por otras ciudades en las que ya

había pasado el circo, que el mago era capaz de hacer desaparecer un elefante o


incluso un bloque de edificios y que no sabrían qué era capaz de hacer desaparecer en

la siguiente ciudad.

Apagaron todos los focos menos el que iluminaba la pista. Mi madre estaba tan cerca

del centro que cuando empezó a sonar la música de la presentación casi se desmaya del

susto. El mago alargó un brazo por detrás de las cortinas doradas y un ayudante le

entregó su sombrero de copa. Lo alzó y se lo colocó delante del público a modo de

saludo. Mi madre me dijo que era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Notó como las mujeres le sonreían y cuando pedía voluntarias para los trucos de magia

eran ellas las que bajaban corriendo para ser sus ayudantes. Cuando llegaba alguna a

su lado, él se acercaba al oído y le susurraba algo que no oíamos los demás. Creo que

provocaba tal fascinación entre el público femenino, que nadie se daba cuenta que

cada vez había menos mujeres dentro del circo. Bajaban a la pista y después él hacía

una serie de malabarismos haciéndolas desaparecer de repente una tras otra. El

público aplaudía enfebrecido. Unas mujeres eran sustituidas por otras. Bajaban de las

gradas lentamente y en orden, hipnotizadas. El mago giraba sobre sí mismo en una

escenografía tan calculada y unos movimientos tan rápidos y estudiados como si

hubiera tenido toda una vida para ensayarlos. Svetlana se percató de que algo iba mal

y se levantó deprisa para huir cuando una mano cálida agarró la suya con suavidad.

Giró su cuerpo y el mago Pretorius la estaba reteniendo. Su mirada le recordaba a

alguien. Mientras la llevaba hacia el centro de la pista tenía la sensación de que lo

conocía. El único foco del circo los seguía con su haz de luz. La colocó encima de una

especie de camilla y cuando le sonrió ella se llenó de paz. Acercó su rostro al de mi

madre y su mejilla acarició la de ella y mientras se acercaba a su oído para hablarle,

según lo que me contaron los allí presentes, ella cerró los ojos. Ya no tenía miedo.

Sentía cómo el amor que llevaba dentro se derramaba fuera de ella como una fuente

inagotable. Y comenzó a desaparecer. Como si estuviera formada por partículas de oro

la pista principal del circo empezó a desvanecerse junto a ella formando partículas

brillantes. Toda la estructura del circo también. Y los animales. Y los espectadores. En

unos pocos minutos no quedaba nada, solo vacío encima del terreno donde se asentaba

el circo. Todo había desaparecido y con él mi madre y todas las mujeres”.


Emilia Fernández Coto

 
 

Sobre nosotros

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Este blog nace del deseo de transmitir a toda nuestra comunidad educativa el placer por la lectura.  Desde la Biblioteca de nuestro centro os ofrecemos la posibilidad de compartirlo con nosotros, así como de disponer de un espacio donde hacer visible vuestros textos y, de esta manera, expresar lo que verdaderamente significa para nosotros el valor de la cultura.

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