El último espectáculo

Voy a contaros la historia de mi abuela rusa Masha, que fue la primera persona en
regalarme un libro. Y supo contarme muchas historias, las más extraordinarias basadas
en su familia. Aunque, a día de hoy, todavía no sé qué había de cierto en ellas.
Un día a mediados del mes de julio de 1940 mi abuela, que vivía con su padre y su tío
mientras su madre trabajaba en la ciudad de Minsk, se levantó de la cama después de un
sueño premonitorio que la había dejado temblando y con lágrimas en los ojos. Se
preparó el desayuno y con apenas doce años decidió llevar luto por su madre hasta el fin
de sus días y ya no se lo quitó jamás. Svetlana, su madre, hija de un mandatario del
antiguo régimen, desapareció justo la mañana que su hija tuvo el sueño y nadie pudo
averiguar nunca qué pasó realmente. Masha, que tenía la certeza de que ya no vería más
a su madre, decidió inventar la causa de su muerte ante sus compañeros de clase.
Cambiaba su historia y su final según quien le preguntara.
- ¿Es verdad que a tu madre la ha secuestrado un jeque árabe y se la ha llevado en
camello?
- ¿De verdad ha venido un grupo de esquimales y han cogido a tu madre porque es la
única del mundo en hablar el idioma de las focas?
- ¿Se han llevado a tu madre los de la GESTAPO por ser una espía rusa?
Ella conseguía llenar la imaginación de todos los que la rodeaban. Y así se convirtió en
una magnífica contadora de historias.
Cuando yo era pequeño, un día en el que yo estaba leyendo un libro sobre un circo, mi
abuela me preguntó si yo sabía la historia del circo de los hermanos Petrov. Le contesté
que no fascinado porque sabía que iba a ser una de mis historias favoritas. La llamó El
último espectáculo.
“Era la última función del Circo de los hermanos Petrov en la ciudad de Minsk. El
último día de mayo, cuando empezasen a doblar las telas de las carpas y apagasen las
letras doradas indicando la entrada, los niños tendrían que volver a la escuela y sus
padres a trabajar, puesto que el comisario general Wilhem Kube dio tres días
libres para que ningún ciudadano se perdiese la llegada del increíble circo. Para ese
día anunciaron un espectáculo especial. Svetlana, mi madre, entró y se sentó junto a un
grupo de muchachos que sonreían y se abrazaban por haber tenido la suerte que
encontrar entradas. Algunas madres agarraban fuerte a sus hijos por miedo a perderlos
entre tanto bullicio y ella, que tuvo que marcharse de su pueblo natal para ir a trabajar
dejando a sus padres y a su hija, sentía cierta nostalgia ya que se encontraba sola.
Cuando entraron los últimos asistentes los payasos empezaron a actuar. Los
espectadores gritaban de emoción y reían llenos de entusiasmo, sobre todo cuando los
hermanos Pretov sacaron a los monos, tigres y leopardos venidos de la lejana África
para ofrecer un espectáculo difícil de olvidar. Pasadas más de dos horas de diversión el
presentador anunció la actuación del fabuloso mago Pretorius. Cuando salió a escena
los asistentes prestaron mucha atención porque sabían por otras ciudades en las que ya
había pasado el circo, que el mago era capaz de hacer desaparecer un elefante o
incluso un bloque de edificios y que no sabrían qué era capaz de hacer desaparecer en
la siguiente ciudad.
Apagaron todos los focos menos el que iluminaba la pista. Mi madre estaba tan cerca
del centro que cuando empezó a sonar la música de la presentación casi se desmaya del
susto. El mago alargó un brazo por detrás de las cortinas doradas y un ayudante le
entregó su sombrero de copa. Lo alzó y se lo colocó delante del público a modo de
saludo. Mi madre me dijo que era el hombre más atractivo que había visto en su vida.
Notó como las mujeres le sonreían y cuando pedía voluntarias para los trucos de magia
eran ellas las que bajaban corriendo para ser sus ayudantes. Cuando llegaba alguna a
su lado, él se acercaba al oído y le susurraba algo que no oíamos los demás. Creo que
provocaba tal fascinación entre el público femenino, que nadie se daba cuenta que
cada vez había menos mujeres dentro del circo. Bajaban a la pista y después él hacía
una serie de malabarismos haciéndolas desaparecer de repente una tras otra. El
público aplaudía enfebrecido. Unas mujeres eran sustituidas por otras. Bajaban de las
gradas lentamente y en orden, hipnotizadas. El mago giraba sobre sí mismo en una
escenografía tan calculada y unos movimientos tan rápidos y estudiados como si
hubiera tenido toda una vida para ensayarlos. Svetlana se percató de que algo iba mal
y se levantó deprisa para huir cuando una mano cálida agarró la suya con suavidad.
Giró su cuerpo y el mago Pretorius la estaba reteniendo. Su mirada le recordaba a
alguien. Mientras la llevaba hacia el centro de la pista tenía la sensación de que lo
conocía. El único foco del circo los seguía con su haz de luz. La colocó encima de una
especie de camilla y cuando le sonrió ella se llenó de paz. Acercó su rostro al de mi
madre y su mejilla acarició la de ella y mientras se acercaba a su oído para hablarle,
según lo que me contaron los allí presentes, ella cerró los ojos. Ya no tenía miedo.
Sentía cómo el amor que llevaba dentro se derramaba fuera de ella como una fuente
inagotable. Y comenzó a desaparecer. Como si estuviera formada por partículas de oro
la pista principal del circo empezó a desvanecerse junto a ella formando partículas
brillantes. Toda la estructura del circo también. Y los animales. Y los espectadores. En
unos pocos minutos no quedaba nada, solo vacío encima del terreno donde se asentaba
el circo. Todo había desaparecido y con él mi madre y todas las mujeres”.
Emilia Fernández Coto



