El bosque
Hoy nos deleita con un hermoso relato la madre de uno de nuestros alumnos. El amor por la lectura se abre paso fuera de las aulas.
- ¡ Juanlu, espera, no te vayas, todavía no ha terminado el juego!

- ¡Es que me hago pis, seguid vosotros!
Los niños Tito y Alfonsina observaban enfadados cómo su amigo se adentraba en el bosque que limitaba con el parque del pueblo. Este bosque era reconocido como “El escondrijo” por la oscuridad que creaban sus árboles frondosos, tanto en invierno como en verano. Además, solo los habitantes de Villa del Duque lo llamaban así, secreto pactado por todos, por ser un escondite fácil para los suyos: hijos, nietos, vecinos y amigos cuyas ideologías distaban mucho de las franquistas dueñas del poder. Sus reuniones clandestinas en el sótano del bar, su reparto a pueblos vecinos de panfletos con el “A Franco muerto, pueblo puesto”, entre otras cosas, hacían peligrar sus vidas en un comienzo de época donde el miedo a ser delatado empapaba todo tu ser como un traje mojado.
Nadie lo sabía. Ni sus familiares ni mucho menos sus amigos, que solían soltarse de la lengua de vez en cuando, pero Juanlu, siempre bajaba al parque a jugar con camisetas grandes que solía pedirle prestado a su hermano, para que nadie se diera cuenta que tenía los bolsillos llenos de pan y trozos de queso fresco que solía hacer su abuela Manuela todos los domingos.
Se había adentrado tantas veces en el bosque estos últimos meses que podría hacer el trayecto hacia el arroyo con los ojos cerrados. Cuando los sonidos del pueblo sonaban bastante lejos visualizó la zona de rocas gastadas por el agua. Giró hacia la derecha y atravesando la zona de cañizos llegó hasta una cueva oculta entre los troncos de encinas y resineros. Antes de entrar en la cueva, se quitó los zapatos. No quería tener que explicar a sus padres el por qué estaban llenos de lodo y verdina. Con sus siete años cumplidos su complexión todavía era la de un niño bajito, pero tuvo que agachar la cabeza para poder pasar por esa abertura tan pequeña. Minutos antes se había asegurado que no lo siguiera nadie, como le habían dicho.
Cuando sus ojos se hicieron a la oscuridad vio cómo la panera de tela colgaba de la silla. Se alegró de que siguiera allí, justo en el mismo lugar donde todas las veces anteriores. Con sus manos sucias de jugar al fútbol sacó de sus bolsillos el pan y el queso y los metió con cuidado por la abertura de la tela. Sintió un arrebato de cariño hacia la sombra de un hombre que lo observaba desde el fondo de la cueva, pero sabía que todavía no podía abrazarlo. No había llegado la hora. Esta vez, encima de la silla de enea había algo nuevo. Había un libro. La portada tenía unos dibujos de animales y las letras “Cuentos de Calleja” estaban pintadas con pinceladas doradas. Juanlu cogió el libro tan entusiasmado que, en el momento de salir de allí gritó ¡Gracias maestro! En un acto reflejo se tapó la boca con las dos manos, aterrorizado. Pero cuando vio que solo se escuchaban los sonidos típicos del bosque, con el corazón rebosante de alegría, se puso los zapatos y huyó de allí escondiendo el libro entre la ropa, dando pequeños saltitos hasta que entró a la Plaza Vieja.



